lunes, 25 de mayo de 2026

[Página 42] Cómo (no) escribí nuestra historia - Elísabet Benavent

5.
El monje que vendió su ferrari
Robin Sharma


Tardé más de veinticuatro horas en quedarme sola. No es que temieran por mi integridad, es que mis padres y mi hermana quisieron aprovechar el viaje para pasar un poco de tiempo en familia. Pensaban que me iría bien. No los culpo. En otra situación lo habría disfrutado mucho, los hubiera llevado de cena, de paseo, quizá a algún museo o terraza de moda, de compras, pero no sé si conseguí fingir que no estaba preocupada. Me dejé mimar, eso sí. Les prometí que me cuidaría. Sonreí, en eso me había sacado un máster en los últimos años: en sonreír cuando no me apetecía. Tanto era así que ya no sabía cuándo lo hacía por obligación y cuándo por felicidad natural. 

La cuestión es que... estaba cansada, un poco irascible y tenía muchas cosas en la cabeza, pero me encontraba bien ¿Cómo era posible que algo los hubiera alarmado tanto como para acudir a mi casa a hacerme una intervención? ¿Todo eso por unas compras de más y electrocutar a alguien en la ficción? Me parecía exagerado.

Creí que cuando se fueran y mi salón dejase de parecer Gran Vía en plena Navidad, atestada de gente, me encontraría más tranquila, pero lo cierto es que la inquietud se fue expandiendo de la cabeza a la garganta y de allí, al resto. 





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