Desintoxicarse es un infierno. Desintoxicarse implica tumbarse sobre una cama y ver los segundos pasar sabiendo que no estás ni mínimamente cerca de encontrarte mejor. Cuando me estoy desintoxicando siento como si me estuviera muriendo. Que no tiene fin. Siendo como si las entrañas quisieran escapárseme del cuerpo. No dejo de temblar y sudar. Me vuelvo ese bebé al que no le daban una pastilla para que se encontrara mejor. He accedido a colocarme durante cuatro horas siendo consciente de que me va a tocar pasarme siete días en ese infierno. (Ya te había dicho que esta parte de mí no atiende a razones, ¿no?) De vez en cuando tengo que aislarme durante meses para ponerle fin a este círculo vicioso.
Cuando me tengo que desintoxicar, la palabra "bien" se vuelve un lejano recuerdo, o algo más bien relegado a las tarjetas con mensaje de las tiendas de regalo. Me pongo a suplicar como si fuera un niño pequeño para que me den una dosis de lo que sea que pueda hacer que se me alivien los síntomas (un hombre adulto que probablemente esté saliendo al mismo tiempo en la portada de People con una pinta estupenda, suplicando ayuda). Soy capaz de dar lo que fuera -los coches, las casas, todo el dinero que tengo - para ponerle fin. Y cuando el proceso de desintoxicación por fin termina, sientes un alivio tremendo y juras y perjuras que no volverás a hacerte eso nunca más. Hasta que ahí estás, tres semanas después, volviendo a las andadas.
Es de locos. Soy yo el que está loco.
Como un bebé, no quise hacer todo el trabajo interior que se requiere durante muchísimo tiempo porque, si con una pastilla se puede arreglar, entonces todo es mucho más fácil, o eso es lo que a mi me enseñaron.
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