El monje que vendió su ferrari
Robin Sharma
Desintoxicarse es un infierno. Desintoxicarse implica tumbarse sobre una cama y ver los segundos pasar sabiendo que no estás ni mínimamente cerca de encontrarte mejor. Cuando me estoy desintoxicando siento como si me estuviera muriendo. Que no tiene fin. Siendo como si las entrañas quisieran escapárseme del cuerpo. No dejo de temblar y sudar. Me vuelvo ese bebé al que no le daban una pastilla para que se encontrara mejor. He accedido a colocarme durante cuatro horas siendo consciente de que me va a tocar pasarme siete días en ese infierno. (Ya te había dicho que esta parte de mí no atiende a razones, ¿no?) De vez en cuando tengo que aislarme durante meses para ponerle fin a este círculo vicioso.
Cuando me tengo que desintoxicar, la palabra "bien" se vuelve un lejano recuerdo, o algo más bien relegado a las tarjetas con mensaje de las tiendas de regalo. Me pongo a suplicar como si fuera un niño pequeño para que me den una dosis de lo que sea que pueda hacer que se me alivien los síntomas (un hombre adulto que probablemente esté saliendo al mismo tiempo en la portada de People con una pinta estupenda, suplicando ayuda). Soy capaz de dar lo que fuera -los coches, las casas, todo el dinero que tengo - para ponerle fin. Y cuando el proceso de desintoxicación por fin termina, sientes un alivio tremendo y juras y perjuras que no volverás a hacerte eso nunca más. Hasta que ahí estás, tres semanas después, volviendo a las andadas.
Es de locos. Soy yo el que está loco.
Como un bebé, no quise hacer todo el trabajo interior que se requiere durante muchísimo tiempo porque, si con una pastilla se puede arreglar, entonces todo es mucho más fácil, o eso es lo que a mi me enseñaron.
-El maestro Sho me ha dicho que hoy encontraría una salida.
-¿Y la has encontrado? - Kimitake pregunta mientras se peina con los dedos la larga melena negra y piensa qué debe de querer decir hallar una salida gracias a la meditación. ¿Un nuevo camino? ¿La solución a un problema?Te he visto como una depredadora por ahí dando vueltas que una lavadora.
-Delia alzó las cejas, ofendida.
-¿Perdón? ¡No ha sido así!
-Pues te habré confundido con tu amiga.
-Vale, mira -dijo-, estoy teniendo un día de mierda, en mi vida de mierda, si eso es lo que preguntas, y además me han prohibido la entrada en El Corte Inglés. No he venido aquí un miércoles sola a que tú me vigiles con prismáticos.
La camarera sonrió, entretenida.
-Pero te pasa una cosa, rubia, y es que eres tan fácil de vigilar.
Delia la vio beberse un chupito e intentó no mirarle los tatuajes junto al ombligo.
-Hace mucho que no hago esto - siguió justificándose-. No estoy en modo depredadora, es un… Estoy atravesando una ruptura sentimental.-Me alegro de que no sea una ruptura de menisco.
-Vete a la mierda…-Pero se rio-. ¿Cobras por incordiar?
-¿Hace cuánto?
-¿¡Qué?! -Cambiaron la música y Delia ya no la oía.
La camarera se acercó y se inclinó sobre la barra y, de pronto, estaban peligrosamente cerca.
-¡Que si te ha dejado hoy la encargada de El Corte Inglés!
-¡No, a ver, me dejó hace seis meses..! ¡No era de El Corte Inglés! ¡No me ha dejado El Corte Inglés! - Cuando Delia le devolvió la mirada, la camarera estaba aguantándose una sonrisa privada, suya-. Vale. Te estás cachondeando. Vale, oye, esto no me hace gracia. ¿Qué me miras así? - Delia fingió que no lo disfrutaba -. ¿Te estás riendo a mí porque soy una patética?
-Qué va. Te estoy escuchando.
-Mis ojos están aquí arriba.
-No me has respondido, antes - le dijo entonces-. ¿Qué has venido a hacer hoy aquí sola, Delia?
Ella bebió un trago de su cubata y colocó los codos sobre la barra.
Alba lo miró muy extrañada. Continuaron el camino y el mayordomo abrió la puerta que había al final del puente. Estaba cerrada, pero él tenía las llaves - probablemente las de todo el lugar-, lo que no le pasó desapercibido a Alba. A continuación, con cortesía, dejó que entrara ella primero y después pasó él.
Dentro había muchas personas semidesnudas, llevaban unos trajes antiguos, sucios y denigrantes. Aunque ya no estaban en el pasillo, a la niña le pareció que estaban andando mucho y pensó que el lugar era mucho más grande de lo que imaginaba.-Alba, estas son personas que en determinado momento hicieron cosas horrendas, y por eso están aquí - explicó Flavio.
-¿Estoy en el infierno? -preguntó ella sin rodeos.
Flavio la miró muy sorprendido.
-No, querida, es una casa común y corriente. El infierno no existe, ni el cielo tampoco.
Alba no entendía ni parecía entender, así que dejó pasar esa información.
-¿Ellos quiénes son= -dijo con calma.
-Eso, querida, pregúntaselo al Primer Rey.
Al escuchar eso de "Rey" empezó a pensar de nuevo: "A lo mejor estoy en un palacio y hay tres reyes gobernando, pero ¿Cómo han llegado a mi casa, a la actualidad? Son muy modernos, pero se nota que viven en una época que no es la suya, es todo muy raro".
El lugar donde estaban era un grande y lujoso salón de baile. Había luz, muchas luces, de hecho. Los sirvientes debían cumplir la tarea de limpiar mucho el suelo para que estuviera resplandeciente, pero se quejaban constantemente porque la suciedad no salía.
-Es un libro que escribió Stevenson -dije-. Nunca llegó a terminarlo. A su editor le gustó bastante, pero consideraba que el contenido era demasiado sórdido.
-Trataba de una prostituta - convino Turk.-Creo que estaba ambientado en Italia.
-Una parte.
A Turk le brillaban los ojos.
-Fanny obligó a Stevenson a echarlo al fuego -dije en voz baja.
-Ah, la formidable Fanny Osbourne. La conoció en Francia. Stevenson estaba de visita en Grez. Supongo que se encaprichó.- Hizo una pausa y se puso a jugar con la taza, moviéndola en círculos alrededor del platillo-. No solo lo convenció de que sacrificara ese libro...
-Jekyll y Hyde -dije cuando llegó mi café, acompañado del vaso de zumo -. El primer borrador, escrito en tres días.
-Sí.
-Aunque algunos comentaristas dicen que en tres días es imposible.
-A pesar de la ética de trabajo presbiteriana del autor. Pero en aquel momento consumías drogas, ¿no?
Si yo no pude, ¿Cómo podrías haberlo hecho tú?
-Ni siquiera quise detenerlo -dijo Ender-. Quería que fuera. Era la culminación de la ambición de su vida.
Finalmente se volvió, las mejillas sucias de lágrimas, con aquel resto sonriente y esos ojos cuya mirada penetraba en su corazón. La mujer que amaba.
-No lamento mi adulterio -dijo-. ¿Cómo puede personarme Cristo si no me arrepiento? Si no me hubiera acostado con Libo, mis hijos no habrían existido. Sin duda Dios no desaprobará eso.
8
El ojo del mundo
El cuelo se partió con lentitud.
No fue una fractura brusca, ni un evento que los sentidos humanos pudieran describir con certeza. Fue una grieta invisible que se abrió en el tejido del aire mismo, como si el planeta, en lo más profundo de su pulso milenario, reconociera que algo extranjero -aunque esperado - había comenzado a descender-
Desde la capa superior de la atmósfera, Mimi emergía como una figura hecha de luz y ausencia, su silueta apenas perceptible entre las nubes que se abrían a su paso, formando espirales concéntricas que se retorcían con una cadencia lenta y mecánica. El viento cambió de dirección. El aire, antes estático, comenzó a girar en torno a ella como si obedeciera una coreografía antigua, impresa en la memoria geológica del planeta.Las aves que aún sobrevivían en las alturas - espectros grises, deformes, arrastradas por mutaciones sin historia - de dispersaron sin emitir sonido. Los sensores naturales de la Tierra, sus fibras más íntimas, sus capas de silencio dormido, comenzaron a vibrar. En las raíces de árboles agrietados, en el canto de los insectos mutilados, en la corriente subterránea que rozaba los huesos de las civilizaciones extinguidas... algo se activó. Mimi se acercaba.
Su cuerpo descendía con solemnidad. No era un cuelo. Era una procesión vertical, una caída decidida no por la fuerza de la gravedad, sino por la fuerza de un vínculo imposible de resistir. La Tierra no la llamaba con palabras, ni con imágenes. La llamaba con el peso del tiempo. Con el hambre de redención. Con la necesidad de ser vista.
Y ella, desde lo alto, miraba.
Bajo ella, el planeta se extendía como un cadáver que aún respiraba: hermoso y trágico, vivo en algunos tramos, moribundo en la mayoría. Desde su altura, distinguía las franjas de ceniza que cubrían las viejas ciudades deshechas, los bosques deformados por el paso del calor y la radiación, los cursos de ríos detenidos, los lagos oscuros como ojos ciegos.
Eso era un alivio. La señora Herrero pidió que Ana participara en una videollamada con el resto de los miembros de ese pequeño lobby. Efectivamente, todas eran mujeres con pequeños negocios rurales: tiendas alojamientos rurales, puestos de alquileres de bicicletas, quads, canoas y otros artículos de aventura, etc. A todas les parecieron aceptables las condiciones, a pesar de que a alguna se le hacía cara la tarifa, y dieron el visto buena para el comienzo de la investigación. Carolina se despidió sin aceptar la invitación de Ana a tomar algo, ya que tenía que volver al pueblo antes de anochecer, y marchó enseguida después de firmar los papeles del contrato.
Ana se quedó sola, y le entró vértigo. Efectivamente, contra lo que se iba a enfrentar no eran aspas de molino con un bonito fondo verde. No era una pequeña e inocente empresa familiar llena de ilusión por mejorar el futuro de una zona rural. Era un gigante financiero con muchos y largos brazos, capaz de cambiar voluntades y convertir crímenes ecológicos en bondades y al revés, con el único objetivo de sanear sus balances o incrementar sus beneficios.
Pero solo quien se arriesga es la que puede conseguir el triunfo. La que escarba encuentra, aunque pueda quedar sepultada en la tierra que remueve. Aquella era una oportunidad para hacerse un nombre de investigadora, y solo una fracasada la desaprovecharía. Y ella quería labrarse un nombre, uno que fuera reconocido allá donde fuera pronunciado, independientemente del acento.
Y sabía dónde empezar a labrar su futuro en aquel caso. Su primera visita en su investigación sobre la mina de uranio sería una de las principales fuentes de información local, que conoció durante sus estudios universitarios y que quería mantener cerca, No era otro que Carlos Fuentes, periodista en "El Adelantado de Salamanca", periódico de larga tradición local y, no por casualidad, propiedad de la familia Martínez.
Carlos había sido compañero de Ana en el máster de detectives. Él no venía de la criminología ni del derecho, como Ana. Él hizo el máster como una especialización de sus estudios de periodismo, con la idea de convertirse en una periodista de sucesos, investigación y crónica negra.
Abuela
Cada día al despertarse nuestra abuela se pintaba el pelo, las cejas, unas gafas de metal para ver de lejos y un anillo de zarina que le daban vueltas en el dedo, como si fuera heredado. Iba pintando como quien teje el mundo la cama de dosel de la que se incorporaba sin prisa, las zapatillas blancas de tacón que se calzaba, una puerta dorada como marco de espejo que crujía al abrirse. Salía al vacío y bosquejaba ante sí un corredor oscuro, cuajado de retratos antiguos de gente a la que nunca conoció porque también acababa de inventársela. Caminaba majestuosa por aquel pasillo con el lápiz de gradito en la mano, buscando con su cetro la pared donde dibujaría esa mañana la cerradura de nuestra habitación. Desde allí se asomaba curiosa al otro lado. A veces mi hermana y yo seguíamos esperándola temblando en camisón en el centro de la estancia. Otras, el frío de la noche, tan intenso, había logrado borrarnos del todo.
Vincent siguió hablando durante horas sobre el mundo posterior a la partida de nuestra nave. Jamás, en toda mi vida, había estado tan atento como entonces, porque hablaba de todo lo que nos habíamos perdido. Comprendimos que estábamos aislados y que todo aquel extenso universo que ahora se abría antes nuestros ojos nos estaba prohibido porque nuestra querida nave-hogar se había convertido en un cascarón dentro de un estanque. Ni siquiera estábamos seguros de que al cabo de los años que nos quedaban de viaje, si es que no había más contratiempos, pudiéramos establecer una colonia en Procyon.
Entendí entonces el porqué de la expresión de mi padre y sus temores mal escondidos. El frágil equilibro de Veluss se basaba en un objetivo común: un sacrifico de varias generaciones para lograr un futuro próspero para sus hijos; pero ¿qué ocurriría si no había tal futuro? Todavía no alcanzaba a imaginar todas las implicaciones de aquello, pero estaba seguro de que el consejo ya lo había visto con claridad y por eso nos habían encerrado y aislado.Recuerdo que fue en aquel momento cuando me percaté de que no volveríamos a salir hasta pasado un largo tiempo; como mínimo el tiempo necesario para preparar a la población de Veluss para que pudiera digerir una noticia como aquella. Pero ¿y si no se hacía público? ¿Y si la mejor forma de manejar la situación era mantenernos en silencio hasta llegar a Procyon? ¿Y qué mejor manera que tenernos encerrados?
Pensé en Susan y en Marga, mi segunda opción de pareja. Nunca había pensado el significado de perder mi futuro, de no formar una familia. Ahora que mi vida empezaba a no ser tan predecible, la incertidumbre me aplastaba. Pensé en lo que había asumido que serían mis responsabilidades. Todo ese mundo ordenado y metódico que ahora quedaba al margen de mi vida. Tragué saliva y me dije a mí mismo que todo aquello era irrelevante, al menos durante un tiempo.
Las clases serían de una hora, de lunes a jueves, durante el último trimestre del año. No se necesitaba gran experiencia ni títulos específico, pero sí capacidad para hacerse entender y una paciencia infinita. Durante la entrevista, Helia argumentó que reunía esas características porque su sueño desde pequeña era convertirse en profesora. El seleccionador debió de creérselo porque finalmente Helia fue la elegida, si bien ella se convenció de que la llamaron por falta de candidatos.
Con el pequeño sueldo que ganaba, Helia se compraba libros antiguos y merendaba sus dulces favoritos en El Confidente. Pero, sobre todo, ahorraba. En cuanto terminara sus estudios de Filología Española se marcharía a Londres, una ciudad suficientemente grande y llena de gente como para pasar inadvertida y empezar una nueva vida.Helia se aproximó a la barra y empezó a sacar monedas de su cartera.
-Déjalo, preciosa. Te invito - dijo Miguel con una gran sonrisa.
La sorpresa la dejó muda durante unos segundos y el silencio la obligó a soltar algo rápidamente, sin pensar:
-¿Por qué?
-Jo, tía, qué borde. ¿Por qué eres así?
"Imbécil", pensó ella.
-Siempre tan seria y tan sola...
"¡Imbécil!".
-¿Te ha comido la lengua el gato?
"¡Imbécil, imbécil, imbécil!".
Carnes, varios tipos de pan, mermeladas, frutos secos. Grimm jamás había visto tanta comida junta en una mesa. Tampoco tenía demasiada hambre, pero si curiosidad por probar todo aquello, desconocido para él, así que terminó atiborrado y satisfecho. El sirviente que lo atendió no quiso interrumpirlo y se ocupó amablemente de responder cualquier consulta relativa al desayuno; pero dada su actitud distante, Grimm no tuvo valor para preguntarle sobre su propio destino.
Al terminar, observó el comedor con más detenimiento. Había un retrato de Alanna colgado en la pared frente a él. Con un fondo oscuro, su rostro pálido y sus ojos azul y marrón destacaban por encima de cualquier otro detalle. Vestía un traje ceñido que le ocultaba casi toda la piel y se cerraba por encima del cuello. El vestido también cubría la mayor parte de sus brazos, dejando solo visibles las manos, con las uñas pintadas de negro.
Preguntó al sirviente cómo se llamaba, ya que se sentía incómodo con que alguien le sirviera y más aún si no conocía su nombre.
En estos casos tenemos la costumbre de no saludarnos y de dar por hecho que la otra persona esta ocupada, así que me dirijo a Sara con delicadeza hasta mi cuarto y cierro la puerta sabiendo que eso bastará para que mi compañera de piso no moleste.
Tardamos apenas veinte segundos en oír la música que se ha puesto Lorena para no escucharnos follar. Sonrío, agradecido por su existencia y por las facilidades que me brinda al vivir con ella.
-Mi compañera de piso - le susurro a Sara -. Así podemos hacer todo el ruido que queramos.
El comentario parece gustarle a la chica, que juguetea con los botones de mi camisa.
Me entrego a mi tarea de ese momento: eliminar cualquier prenda de ropa que se pueda interponer entre nosotros. Pero justo cuando me pongo al lío... la palabra "Huracán" se me tatúa en la mente, petrificándome. Se me traban las manos con el cinturón de Sara y me doy cuenta de que llevo un par de segundos sin moverme ni un milímetro.
-¿Estas bien? - me pregunta la chica, extrañada.
Menos mal que estamos en penumbra y no ha podido ver mi expresión, porque tiene que ser un poema. Carraspeo.
-Sí, perfectamente. ¿Seguimos?
-Por supuesto - ronronea, y me besa de nuevo.
"Los preliminares, listillo!, dice una voz en mi cabeza a la que, no sé por qué, me veo obligado a hacer caso.
Bajo los brazos y recorro su torso desde la cintura.
Corría sin cesar por un sendero en pleno campo que parecía no tener fin. No podría aguantar la respiración. Ese ser me perseguía y cada vez lo sentía más cerca. Su presencia era omnipresente a cada caso que daba.
Logré divisar un pequeño pueblo en el que pediría ayuda. Tan solo quedaban unos pocos metros para que el camino acabase y pudiera gritar auxilio.
No quería mirar hacia atrás, pero lo hice. No veía nada, tan solo campo. Pero sabía que estaba allí.
Cada vez tenía la respiración más entrecortada y me costaba seguir el ritmo. No podría parar. Necesitaba llegar hasta alguna casa en la que poder llamar por teléfono para pedir ayuda.
Seguí corriendo y llegué al final del sendero. Vi un cartel en el que se indicaba que estaba en una propiedad privada. ¿Un pueblo podía ser propiedad privada? No pensé, continué corriendo hasta llegar a la plaza principal del pueblo.
Las campanas de la iglesia replicaron. Miré el reloj, marcaba las 11:20. El replicar de campanas cesó y el silencio se apoderó del lugar.A mi alrededor no divisaba a nadie. Sentí un frío que me recorrió la espalda y me paré en seco en el centro de la plaza del pueblo. Parecía como si el tiempo de hubiera parado . Allí estaba su iglesia, dominando el lugar con su alta torre en la que hace unos minutos repicaron las campanas. Alrededor de la iglesia había una hilera de casas bajas en muy malas condiciones. El paso del tiempo había hecho mella en ellas y parecía que, de un momento a otro, se iban a desplomar dejando atrás los recuerdos de quien las hubiera habitado.
Al final de la plaza había una fuente de la que emanaba un hilo de agua. Aproveché y repuse fuerzas bebiendo un poco de su agua. Su sabor era limpio, me recordaba al agua que una vez bebí directamente de un manantial.
Aún me sentía agitado. Mi persecución había cesado, aunque seguía sintiéndome observado.
[...] -Ya te lo he dicho, Crosby, eres algo así como una leyenda viva en este pueblo, ¿no lo sabías?
Cassie frunce el ceño ligeramente, y analiza la expresión de Micah. De cerca, distingue cómo aparece un hoyuelo en su mejilla derecha cuando sonríe y cómo esos ojos que parecen marrones en la distancia revelan una infinidad de tonalidades en la proximidad. Cuando Cassie se da cuenta de que se ha quedado mirándolo demasiado tiempo, sacude la cabeza y aparta la mirada. Cuando vuelve a levantarla, Micah sigue sonriendo y, pese a que hay curiosidad y diversión en esos ojos, no encuentra nada más. Su pregunta es honesta, como si de verdad le confundiera que Cassie no sea consciente de su fama en el pueblo.
-Algo había oído, sí - acaba respondiendo.
Su abuela había dejado caer algo del estilo cuando hablaban por teléfono, pero Cassie nunca había prestado demasiad atención a frases como "todo el mundo en el pueblo está ilusionado por las Olimpiadas" o "me han preguntado por ti en la panadería". Durante mucho tiempo, Green ville fue una especie de limbo para ella; un lugar que, pese a ser real, no se sentía como tal. La idea de que hubiera pasado de ser Cassie, la muchacha desconocida que solo conocían los vecinos más cercanos, a ser Cassandra Crosby, la patinadora que fue, consiguió un bronce olímpico entre otras cosas y ahora está de vuelta, se siente surrealista incluso ahora.-Sabía que estabas de vuelta - continúa Micah pasados unos segundos de silencio-, pero no te reconocí esa noche. La verdad es que no te he reconocido hasta que Quin nos ha presentado.
Cassie se encoge de hombros, sin saber muy bien qué responder a eso.
Se quedan en silencio durante un rato, y Cassie se sorprende cuando se da cuenta de que no es un silencio incómodo, del tipo que uno siente la necesidad de llenar. No sería difícil para Micah en realidad, no sería como si él fuera la primera persona en tratar de averiguar por qué ha decidido volver al pueblo de entre todas las cosas que podría haber hecho.
-Pero, por todo lo que sabéis, ¿se reproducen por apareamiento? ¡O por mitosis!
Su tono era desdeñoso, y Libo no respondió con rapidez. Pipo sintió como si pudiera oír los pensamientos de su hijo, reestructurando una y otra vez su respuesta hasta que ésta fuera amable y segura.
-Ojalá nuestro trabajo se pareciera más a la antropología física -dijo-. Entonces estaríamos más preparados para aplicar tu investigación sobre las pautas de vida subcelulares de Lusitania a lo que aprendemos de los pequeninos.Novinha parecía horrorizada.
-¿Quieres decir que ni siquiera tomas muestras de tejido?
Libro se sonrojó ligeramente, pero cuando contestó,, su voz continuó tranquila. Pipo pensó que el muchacho no cambiaría de actitud ni ante un interrogatorio de la Inquisición.
-Supongo que es una tontería - dijo Libro-, pero tememos que los pequeninos se preguntarían por qué tomamos pedazos de su cuerpo. Si uno de ellos enfermara después por casualidad ¿pensarían que nosotros causamos la enfermedad?
-¿Y si tomarais algo que ellos sueltan de forma natural? Se puede aprender mucho del pelo.
Libo asintió; Pipo, que observaba desde su terminal al otro extremo de la habitación, reconoció el gesto: Libo lo había aprendido de su padre.
-Muchas tribus primitivas de la Tierra creían que los despojos de sus cuerpos contenían parte de su vida y de su fuerza. ¿Y si los cerdis pensaran que estamos practicando magia contra ellos?
-¿No sabéis su lenguaje? Creía que algunos de ellos hablan también el stark.