-Claro que sí - asintió ella, animosamente.
El resto del equipo recogió positivamente la iniciativa y la encontró de lo más lógica. Al salir por la puerta, Darío respiró profundamente. No sabía muy bien qué estaba haciendo. Le temblaban las manos, y tenía la lejana sensación de estar dirigiéndose, sin red, al fin de su carera profesional en esa empresa. Una oscuridad naciente en su interior acechaba detrás de todo aquello e influía en sus propias decisiones, sin obedecer a la propia razón, como impulsos que emanan de lugares sombríos y desconocidos de su propia vileza. Al fin y al cabo, no estaba seguro de si esta decisión nacía desde un punto de vista estrictamente profesional o de algo más personal, aunque en el fondo de su ser, sabía que la tendencia iba por el segundo camino.
Tras ello, rutinariamente al llegar esas horas del día en las que se da por terminada la jornada, el grupo se despidió y se marcharon a casa. Darío, por su parte y como de costumbre, salió el último de la oficina y asistió a la de su madre.
"Cuidar de una madre también es amar", pensó.

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